Hay sensaciones difíciles de explicar. Hay sensaciones, incluso, difíciles de explicárselas a uno mismo. Cosas tontas, aparentemente sin mucha importancia, detalles que, con el paso del tiempo, adquieren una dimensión desconocida entonces. Mi profesora de matemáticas de primero de carrera dijo una vez: "la vida es una función continua". Todos reímos, aún sonrío al recordarlo. Pero más allá de la parte cómica, encierra una verdad tan terrible como absoluta: la vida está construida punto a punto, detalle a detalle, paso a paso.
Simplificándolo, la vida es como esos libros que todos teníamos en la infancia sobre elegir un camino u otro, con la excepción de que aquí una de las dos opciones no nos lleva - en la mayoría de los casos - a una muerte dolorosa. Pero cada acción que tomamos, hasta la más simple, influye en nuestro devenir. De ahí provienen los eternos 'Y si...' que tanto nos atormentan. A todos nos gustaría volver atrás y coger la píldora roja (o la azul, ya no la recuerdo), rectificar nuestras acciones, tomar el camino alternativo.
Siempre he pensado que si en la vida se pudiera guardar partida, estaríamos todo el día encendiéndonos y apagándonos. Probando cada vez una de las infinitas posibilidades, hasta dar con la que más nos gustara para, acto seguido, volver a guardar. Nos pasaríamos la vida rectificando acciones. No vale la pena. Me gusta vivir en continuo, errar muchas veces, acertar algunas. He llegado hasta aquí gracias a mis decisiones y, francamente, no está tan mal.
Podría ser peor.
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